La vida en dos frases

Revista Turia | 16/12/2011

La cita con la que nuestro autor cierra su obra, extraída de un texto de César Gavela (“Las personas, las casas y el tiempo eran tan sólo un teatro de ceniza”) da título a este libro de microrrelatos de Manuel Moyano, que da comienzo con un buen repertorio de citas que van desde el inevitable proverbio chino hasta Olaf Stapledon. 

La cita con la que nuestro autor cierra su obra, extraída de un texto de César Gavela (“Las personas, las casas y el tiempo eran tan sólo un teatro de ceniza”) da título a este libro de microrrelatos de Manuel Moyano, que da comienzo con un buen repertorio de citas que van desde el inevitable proverbio chino hasta Olaf Stapledon. Textos cargados de significado, con un mensaje un tanto desolador y que abogan por lo insólito, lo extraordinario dentro de la cotidianidad, y el firme deseo de no dejar impasable al lector, a quien, desde el inicio mismo, se le pide colaboración. El cordobés, afincado en la ciudad murciana de Molina de Segura, Manuel Moyano (1963) ya había dado muestras con antelación de su habilidad y maestría para el relato. Baste recordar algunos títulos como El amigo de Kafka, su primer libro, con el que obtuvo el Premio Tigre Juan hace casi una década. O El experimento Wolberg, de más reciente publicación, de 2008, en el que despliega sus dotes de observador y, sobre todo, su deseo de ofrecernos un producto original y depurado, sin renunciar al declarado magisterio de autores como Borges o el Cortázar de “Casa tomada”, o bien otros contemporáneos, a los que, no en vano, dedica algunos de estos microrrelatos que ahora saca a la luz. Entre ellos, Sergi Pàmies, Fernando Iwasaki, Ángel Olgoso y el ya veterano en estas lides Javier Tomeo, el Tomeo de Amado monstruo y El cazador de leones, cuya huella puede observarse en un microrrelato como “Plenilunio”. 

Teatro de ceniza, vaya por delante, no es un libro para salir del paso en tanto prepara su próxima novela. Muy al contrario, estamos ante unas páginas en las que su autor destila su prosa hasta sus últimas consecuencias, sometiendo su mensaje a la más pura esencia sin perder por ello todo su sentido y ese poder evocador y provocador que todo buen relato ha de llevar consigo. No nos ha de extrañar, pues, que el prologuista de la obra, el excelente poeta y prestigioso traductor Luis Alberto de Cuenca, asegure, no sin un claro asomo de entusiasmo, que originalidad y estilismo son los dos firmes componentes de estos microrrelatos, junto con la inmersión que lleva a cabo Moyano en el universo del asombro: “Tan altas magias atesora la pluma de Manuel Moyano, quien, por cierto, titula con gran esmero, acierto y pulcritud sus cien milagrosas fábulas y logra así que el rótulo elegido dialogue en cada una de ellas con el texto que sigue, participando activamente en el plot”. 

Pero retomemos todo lo referente a este género que tantos, aficionados o no, vienen practicando, sobre todo, en esta última década, de ahí que hayan proliferado los premios literarios en todos los escenarios posibles. En otro libro de reciente aparición, Cincuenta cuentos breves, los autores de la edición y selección, Miguel Díez y Paz Díez Taboada, en su documentado análisis preliminar, ponen el dedo sobre la llaga y sacan a relucir una cuestión que resulta harto polémica: “Aunque estos pequeños cuentos modernos tienen a veces indudable calidad literaria, en otros muchos casos bordean confusamente los límites de la narratividad o son sólo simpáticas ocurrencias más o menos ingeniosas y, con frecuencia, de estructura repetitiva o facilona, tan menguados en extensión como en calidad”. Es, por lo tanto, necesario mantenerse en alerta, sacar la tijera y aplicarla sin piedad, juzgar mucho más severamente un género aún en formación, es cierto, por configurar del todo, pero con una ineludible tradición literaria que podría remontarse a varios siglos atrás, si tenemos en cuenta la herencia oriental, sin olvidar las espléndidas aportaciones –motivo, por otra parte, de la citada antología de Cátedra– de autores como Allan Poe, Daudet, Chejov y Kafka, o la Pardo Bazán, Valle-Inclán, Álvaro Cunqueiro, Juan Eduardo Zúñiga y, por no prolongar la nómina, José María Merino, entre los nuestros. 

Manuel Moyano es consciente –y esto es ya dar un gran paso– que en el microrrelato, como en el soneto, si se nos permite la comparación, la vida pende de un hilo. Una palabra de más, una expresión que no corresponde, una metáfora desafortunada, conduce al más estrepitoso de los fracasos. De ahí ese esmero y esa obsesión casi enfermiza por mantener la pluma a raya y no dejarse encandilar por los cantos de sirena, por la tentación, siempre latente, de ampliar su recorrido más de lo debido aunque le sobren fuerzas para ello. Y qué mejor arma para la defensa que el propio lenguaje. Las palabras justas en un terreno con unos límites concretos en el que reluce y campea el factor sorpresa, justo en el instante en el que el lector parece haberse perdido entre las bambalinas de un teatro de guiñol hecho a la medida de inteligencias fuera de lo común. Teatro de ceniza tiene como uno de sus principales resortes el juego intertextual. El lector que decide entrar en el juego se ve obligado a participar de manera activa asociando la lectura correspondiente con la tradición literaria. Así sucede, por ejemplo, si vamos al terreno concreto, con “Origen del mito” donde se nos da cuenta del porqué de la existencia del Minotauro para colmar de ese modo una de las dudas del ser humano. En otro de estos relatos, titulado “Luna pálida”, se nos muestra a un emperador capaz de escribir un breve y hermoso poema al tiempo que, acto seguido, firma “con elegante trazo”, sin temblarle ni un solo músculo, la sentencia de muerte de unos campesinos. La imagen no puede ser más explícita y evocadora. Nuestra memoria histórica más reciente nos pone en alerta al recordar una parecida actitud con el que fue dueño del destino de España durante cuatro décadas, inmune, como el personaje del cuento, al dolor ajeno. 

Pero, acaso, lo que verdaderamente seduce a Manuel Moyano es el deseo de reinventar las historias cuyo final ya conocemos de antemano porque está escrito en los manuales, en las biografías al uso, lo cual significa un evidente riesgo que el autor sortea con generosa solvencia y maestría. Todos, sirva de ejemplo, hemos oído hablar de la leyenda urbana que ha circulado desde hace décadas en torno a la posibilidad de que ciertos personajes, como Hitler, Gardel o Elvis Prestley, desaparecieran voluntariamente agobiados por la fama y el deseo de convertirse de nuevo en seres ordinarios, en ciudadanos comunes. A este último, a Elvis, dedica Moyano su relato titulado “Fan”, que se inicia justo cuando uno de sus más fervientes admiradores descubre al cantante haciendo cola en la caja de un supermercado, a pesar de ir camuflado con unas gafas de sol y una enorme barba gris. En otros relatos, el autor de estas páginas, guiado por su ambición y, sobre todo, su deseo de explorar en lo más profundo del ser humano, nos propone un nuevo juego de gran éxito, en su día, en el mundo cinematográfico: una historia contada del revés; una historia que se desarrolla hacia atrás, como si la bala que sale disparada de una pistola, lejos de seguir su natural trayectoria, pudiera retornar a su lugar de origen. Esa es, en resumidas cuentas, la técnica empleada en “Progenie” y también en “Círculo”, donde el factor tiempo, como en toda buena literatura, juega un papel decisivo. El primero de estos dos relatos resulta impactante: nadie es capaz de sospechar que una inocente noche de amor entre dos desconocidos como Johannes Hiedler y su esposa Anna Maria Neugeschwandtner fuera capaz de desencadenar un imparable proceso que nos llevará, décadas después, al nacimiento de uno de los mayores monstruos de la historia reciente, Adolf Hitler. 

Conviene recordar en este punto el libro de Manuel Moyano titulado La coartada del diablo, con la que en 2006 obtuvo el Premio Tristana de Novela Fantástica. Como sucedía en esas páginas, de nuevo observamos el deseo del autor por crear una mitología propia, una especie de ingenioso y original bestiario en el salen a relucir seres insólitos, como “fruncos” y “omois”, que contribuyen a crear un ambiente fuera de lo común y que, en ningún caso, resulta, sin embargo, inverosímil sino persuasivo. Decía Vargas Llosa en sus Cartas a un joven novelista que “inventar ficciones es una manera de ejercer la libertad y de querellarse contra los que quisieran abolirla”. Bajo tal premisa, no tiene por qué extrañarnos que Manuel Moyano ejerza con brío y firmeza esa libertad para hurgar en ciertos aspectos de la sociedad que no le son gratos. En un escaso número de palabras se puede esconder una directa, severa y contumaz crítica, como sucede en el microrrelato “Ladrones de arte” que, por su brevedad, nos permitimos reproducir de manera completa: “Robaron todos los lienzos del Museo de Arte Conceptual y dejaron tan sólo los marcos, pero, hasta pasados unos días, nadie se dio cuenta”. En Teatro de ceniza, obra plena de energía, desbordante de vitalidad en la que la literatura se convierte en un festín para quienes sepan extraerle todo su jugo, todo su sabor, Manuel Moyano apela a su experiencia, a sus numerosas, a pesar de su juventud, y bien digeridas lecturas, y transforma ese material suministrado por su propia memoria en un mundo hecho de palabras. De maravillosas y divinas palabras. 

José Belmonte Serrano 

*Manuel Moyano: Teatro de ceniza, Menoscuarto, Palencia, 2011, 124 páginas 

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