José María POZUELO YVANCOS
ABCD las artes y las letras (30/05/2009)
Col. Cuadrante Nueve
978-84-96675-31-5
192 páginas
14x21 cm.
15,00 euros
En la solapa se ofrece una clave biográfica de Andrés Ibáñez que explica en parte el sentido de este libro. Dice que vivió siete años en Nueva York y que, además de estrenar obras de teatro, «se dedica intensamente al estudio y práctica del yoga con su maestro, Dharma Mittra, así como al estudio de las tradiciones chamánicas de América». Esta filiación y su libro anterior de cuentos, El perfume del cardamomo (2008), algunos de cuyos textos recreaban los contextos de espiritualidad china, encuadran esta novela, que, sin embargo, va más allá. Ibáñez hace en ella sus declaraciones más personales, pues plantea guiños al lector sobre otros títulos anteriores, como la referencia al pájaro lira (p. 62) y a las novelas cultas firmadas por Julián, el personaje que actúa como su álter ego y que, finalmente, promete escribir las Memorias de un hombre de madera, las páginas que leemos. Ibáñez, siempre interesado por la indagación del mundo interior y por esa brecha de espiritualidad abierta por las culturas no racionalistas, ofrece un libro que en cierto modo actúa como una búsqueda que el protagonista, Esteban, emprende a través de un grupo al que se apunta y en el que un Maestro les va a mostrar el camino para subir a la «Montaña del alma».
Dispositivo de distancia. Consciente Ibáñez de los peligros de simplificaciones esotéricas y de la delgada frontera entre el espiritualismo, los «yogas y demás zarandajas» (p. 8) y los abusos de las autoayudas o la palabrería de las sociedades teosóficas, establece un inteligente dispositivo de distancia: dejar claro, a través de la autocrítica del propio narrador, que su búsqueda no es ni religiosa, ni agnóstica. Pero, sobre todo, estableciendo una fábula de carácter fantástico, en la que el protagonista va mostrando el mito del origen a través de un personaje y sus «rarezas», como ser virgen a los 38 años, no haber tenido experiencia alguna con el alcohol o el tabaco, no poder tener hijos... Mediante estas pistas y la autodenominación de «hombre de madera», vamos intuyendo que el narrador es una criatura no humana, pero dotada de todos los atributos de tal, que quiere saber y se pregunta por el sentido de su «máquina».
Tras episodios que entiendo baches menos necesarios y poco verosímiles, como las excursiones en grupo hechas a El Corte Inglés y, sobre todo, el de la prostituta y la subida al cerro Garabitas, en la Casa de Campo, la novela va ganando interés, porque abandona su primer designio de aventura externa y emprende su verdadera aventura, que es la reflexiva. Es entonces cuando Esteban funciona como un Sócrates, y podría aludirse al mecanismo estilístico del diálogo socrático establecido desde Platón para el tratamiento de un asunto: la confrontación entre el misterio y las dos búsquedas de sentido que representan los interlocutores Sabino -el librero comunista hijo de la Ilustración, cuyos razonamientos agnósticos resultan convincentes pero incompletos- y Julián -el escritor que no acaba de encontrar la forma de decir el alma-. Esteban confronta con ellos, en muy inteligentes diálogos que me parecen, además del desenlace, lo mejor del libro. Junto a ellos se encuentra Alicia, que es la sensualidad posible, la mujer que puede mostrar otro camino.
El mito del «Golem». Es apasionante la parte última de la novela, en la que Esteban declara ya su secreto, que tiene bastante que ver con la utopía de la que se sirvió José María Merino en Las puertas de lo posible. Finalmente, asistimos al mito del golem, del hombre máquina, que se ha encarnado (dejando en el fondo a Prometeo) en Pinocho o en Frankenstein, y que Ibañéz tiene la fortuna de conectar con los experimentos genético-futuristas del hombre ZAM, programado para las sensaciones, la vida, pero ignorante del sentido real del Programa.
La novela, que va acentuando su carácter y dimensión poéticas, desemboca en las excelentes páginas dedicadas a la vivencia del amor como sentido, en cuya desembocadura el espíritu parece haberse encontrado en su propio cuerpo, verdadera Montaña.
Ibáñez sigue su personal y originalísimo camino. No escribe por hacerlo, y con esta novela ha sabido ofrecer la tesis, discutir su antítesis y llegar al centro de cuanto quería decir sobre lo interior humano.
José María POZUELO YVANCOS | ABCD las Artes y las Letras (30-05-2009)
Dispositivo de distancia. Consciente Ibáñez de los peligros de simplificaciones esotéricas y de la delgada frontera entre el espiritualismo, los «yogas y demás zarandajas» (p. 8) y los abusos de las autoayudas o la palabrería de las sociedades teosóficas, establece un inteligente dispositivo de distancia: dejar claro, a través de la autocrítica del propio narrador, que su búsqueda no es ni religiosa, ni agnóstica. Pero, sobre todo, estableciendo una fábula de carácter fantástico, en la que el protagonista va mostrando el mito del origen a través de un personaje y sus «rarezas», como ser virgen a los 38 años, no haber tenido experiencia alguna con el alcohol o el tabaco, no poder tener hijos... Mediante estas pistas y la autodenominación de «hombre de madera», vamos intuyendo que el narrador es una criatura no humana, pero dotada de todos los atributos de tal, que quiere saber y se pregunta por el sentido de su «máquina».
Tras episodios que entiendo baches menos necesarios y poco verosímiles, como las excursiones en grupo hechas a El Corte Inglés y, sobre todo, el de la prostituta y la subida al cerro Garabitas, en la Casa de Campo, la novela va ganando interés, porque abandona su primer designio de aventura externa y emprende su verdadera aventura, que es la reflexiva. Es entonces cuando Esteban funciona como un Sócrates, y podría aludirse al mecanismo estilístico del diálogo socrático establecido desde Platón para el tratamiento de un asunto: la confrontación entre el misterio y las dos búsquedas de sentido que representan los interlocutores Sabino -el librero comunista hijo de la Ilustración, cuyos razonamientos agnósticos resultan convincentes pero incompletos- y Julián -el escritor que no acaba de encontrar la forma de decir el alma-. Esteban confronta con ellos, en muy inteligentes diálogos que me parecen, además del desenlace, lo mejor del libro. Junto a ellos se encuentra Alicia, que es la sensualidad posible, la mujer que puede mostrar otro camino.
El mito del «Golem». Es apasionante la parte última de la novela, en la que Esteban declara ya su secreto, que tiene bastante que ver con la utopía de la que se sirvió José María Merino en Las puertas de lo posible. Finalmente, asistimos al mito del golem, del hombre máquina, que se ha encarnado (dejando en el fondo a Prometeo) en Pinocho o en Frankenstein, y que Ibañéz tiene la fortuna de conectar con los experimentos genético-futuristas del hombre ZAM, programado para las sensaciones, la vida, pero ignorante del sentido real del Programa.
La novela, que va acentuando su carácter y dimensión poéticas, desemboca en las excelentes páginas dedicadas a la vivencia del amor como sentido, en cuya desembocadura el espíritu parece haberse encontrado en su propio cuerpo, verdadera Montaña.
Ibáñez sigue su personal y originalísimo camino. No escribe por hacerlo, y con esta novela ha sabido ofrecer la tesis, discutir su antítesis y llegar al centro de cuanto quería decir sobre lo interior humano.
José María POZUELO YVANCOS | ABCD las Artes y las Letras (30-05-2009)

