César Combarros
ICAL
Col. Cuadrante Nueve
978-84-96675-29-2
296 páginas
14x21 cm.
17,00 euros
Referencias:
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Para Esperanza Ortega (Palencia, 1953), “todo escritor acaba hablando de su origen y de su infancia, la literatura siempre intenta regresar a ese lugar”. Así se lo reconoce a Ical unas horas antes de presentar en la Casa Revilla de Valladolid Las cosas como eran (Menoscuarto, 17 euros), su último trabajo, que ella se resiste a calificar como “novela”, pese a que se trate de “un libro narrativo”, diferente de sus habituales poemarios.
“No se trata de una novela en el sentido tradicional; es un libro donde se describe cómo eran vida y los objetos en esa época de mi infancia, y a partir de esa descripción, van apareciendo los personajes y toda la historia que hay a su alrededor”, señala antes de advertir que “tampoco son unas memorias cronológicas, sino una visión de cómo eran las cosas en una ciudad de provincias como Palencia”.
Al comenzar a escribir, la poeta intentó hacer una descripción “un poco objetiva”, si bien poco después reconoció que, “sin querer”, se encontraba contando su vida, delimitada por dos conflictos fundamentales que le han marcado: la muerte de su padre cuando ella contaba con diez años (“es algo que impresiona mucho y te deja huella”, apunta), y los cinco meses que pasó postrada en la misma cama donde él falleció, tras sufrir una operación de columna vertebral cuando tenía quince años (“cuando me levanté ya no era una niña, era otra persona”, recuerda).
Sin una voluntad consciente inicial, el padre de la poeta se convierte con el paso de las páginas en un personaje central de Las cosas como eran. “Mi padre representa al modelo de lector y también al escritor silencioso. Me gusta más decir al escritor silencioso que fracasado o prohibido, porque él dejó de escribir después de la Guerra Civil. Según me explicó, la literatura para él fue una salvación. Luego los libros volvieron a serlo para mí durante esa estancia de cinco meses en la cama. En muchísimos momentos estaba sola, y si no llega a ser por los libros hubiera perecido. Es por ello que este libro acaba siendo un canto a la lectura y al valor salvador de la literatura”, argumenta.
Según explica ella misma, en este libro desvela “muchas más cosas” de su vida que sus poemarios, pese a que “los poemas surgen de la intimidad, aunque luego se separen de ella”. El punto de partida de la novela fue la descripción de lugares: “Empiezo por la casa y sigo por los cines, que tenían mucha más importancia en nuestra infancia de la que tienen ahora, o los colegios; luego hablo de objetos concretos como la ropa, la comida o las muñecas, e incluso de intangibles como los olores, los ruidos, las palabras, o cosas invisibles pero en las que entonces nosotros creíamos”.
Al igual que sucedió en la biografía novelada que publicó sobre Garcilaso en 2003, donde una lista de objetos que el poeta dejó tras su muerte le sirvieron de inspiración, en esta ocasión también ha construido su libro alrededor de los objetos, “que ahora no han servido para alentar mi imaginación, como entonces, sino para poner luz a mi memoria, a una estancia que hasta ahora estaba en la penumbra pero de la que yo siempre he querido hablar.
Lugares comunes
Para presentar su libro, Ortega ha elegido al escritor gallego de profundas raíces leonesas José María Merino, con el que cuenta con varios lazos en común. Mientras el nuevo académico de la Lengua tiene en León un lugar mágico en el que transcurren gran parte de sus relatos, a caballo entre la magia y el realismo, Esperanza Ortega pasa revista en ‘Las cosas como eran’ a la ciudad que la vio crecer: Palencia.
“Palencia es una ciudad muy especial. Algunos dicen que es porque estaba en el Camino de Santiago, y por allí pasaban los peregrinos contando sus historias, pero creo que en general los palentinos tenemos un gran poder fabulador. Quizá en todas las provincias pequeñas la gente se aburría y contaban historias unos de otros, y por eso aparece esta variedad de relatos cotidianos”, asegura.
Esa pasión por la oralidad, que a ella le llegó de la mano de su madre, es otro de los vínculos que tiene con Merino, que participa junto a Juan Pedro Aparicio y Luis Mateo Díez en los filandones que los tres están presentando por todo el país y parte del extranjero desde hace años.
“El libro de Esperanza es formidable, estupendo. Me ha interesado y me ha conmovido; es una preciosidad”, afirma Merino a Ical, además de reconocer que comparte con la novela “una mirada un poco mítica del pasado, de esa infancia”. “Desde luego Palencia está ahí como un personaje dentro del libro, y me siento muy identificado con esa recreación en el paisaje de la infancia y de la adolescencia como un elemento dramático y sugestivo”, añade.
Según relata Ortega, le pidió a Merino que fuera él quien presentase su libro porque confiaba que le gustara por dos razones: “Primero porque él también tiene un libro de memorias infantiles que me parece maravilloso, de lo mejor que he leído (Intramuros, Los Libros de la Candamia). Aunque él es diez años mayor que yo, aparecen las mismas experiencias o los libros que leíamos. En segundo lugar resulta que Merino también es poeta. Tiene muchos libros de poemas, y comenzó escribiendo poesía, y eso se nota en su obra, que contiene tiene un elemento poético grande, y es lo que también he querido que no desapareciera de la mía”.
César COMBARROS | Ical
“No se trata de una novela en el sentido tradicional; es un libro donde se describe cómo eran vida y los objetos en esa época de mi infancia, y a partir de esa descripción, van apareciendo los personajes y toda la historia que hay a su alrededor”, señala antes de advertir que “tampoco son unas memorias cronológicas, sino una visión de cómo eran las cosas en una ciudad de provincias como Palencia”.
Al comenzar a escribir, la poeta intentó hacer una descripción “un poco objetiva”, si bien poco después reconoció que, “sin querer”, se encontraba contando su vida, delimitada por dos conflictos fundamentales que le han marcado: la muerte de su padre cuando ella contaba con diez años (“es algo que impresiona mucho y te deja huella”, apunta), y los cinco meses que pasó postrada en la misma cama donde él falleció, tras sufrir una operación de columna vertebral cuando tenía quince años (“cuando me levanté ya no era una niña, era otra persona”, recuerda).
Sin una voluntad consciente inicial, el padre de la poeta se convierte con el paso de las páginas en un personaje central de Las cosas como eran. “Mi padre representa al modelo de lector y también al escritor silencioso. Me gusta más decir al escritor silencioso que fracasado o prohibido, porque él dejó de escribir después de la Guerra Civil. Según me explicó, la literatura para él fue una salvación. Luego los libros volvieron a serlo para mí durante esa estancia de cinco meses en la cama. En muchísimos momentos estaba sola, y si no llega a ser por los libros hubiera perecido. Es por ello que este libro acaba siendo un canto a la lectura y al valor salvador de la literatura”, argumenta.
Según explica ella misma, en este libro desvela “muchas más cosas” de su vida que sus poemarios, pese a que “los poemas surgen de la intimidad, aunque luego se separen de ella”. El punto de partida de la novela fue la descripción de lugares: “Empiezo por la casa y sigo por los cines, que tenían mucha más importancia en nuestra infancia de la que tienen ahora, o los colegios; luego hablo de objetos concretos como la ropa, la comida o las muñecas, e incluso de intangibles como los olores, los ruidos, las palabras, o cosas invisibles pero en las que entonces nosotros creíamos”.
Al igual que sucedió en la biografía novelada que publicó sobre Garcilaso en 2003, donde una lista de objetos que el poeta dejó tras su muerte le sirvieron de inspiración, en esta ocasión también ha construido su libro alrededor de los objetos, “que ahora no han servido para alentar mi imaginación, como entonces, sino para poner luz a mi memoria, a una estancia que hasta ahora estaba en la penumbra pero de la que yo siempre he querido hablar.
Lugares comunes
Para presentar su libro, Ortega ha elegido al escritor gallego de profundas raíces leonesas José María Merino, con el que cuenta con varios lazos en común. Mientras el nuevo académico de la Lengua tiene en León un lugar mágico en el que transcurren gran parte de sus relatos, a caballo entre la magia y el realismo, Esperanza Ortega pasa revista en ‘Las cosas como eran’ a la ciudad que la vio crecer: Palencia.
“Palencia es una ciudad muy especial. Algunos dicen que es porque estaba en el Camino de Santiago, y por allí pasaban los peregrinos contando sus historias, pero creo que en general los palentinos tenemos un gran poder fabulador. Quizá en todas las provincias pequeñas la gente se aburría y contaban historias unos de otros, y por eso aparece esta variedad de relatos cotidianos”, asegura.
Esa pasión por la oralidad, que a ella le llegó de la mano de su madre, es otro de los vínculos que tiene con Merino, que participa junto a Juan Pedro Aparicio y Luis Mateo Díez en los filandones que los tres están presentando por todo el país y parte del extranjero desde hace años.
“El libro de Esperanza es formidable, estupendo. Me ha interesado y me ha conmovido; es una preciosidad”, afirma Merino a Ical, además de reconocer que comparte con la novela “una mirada un poco mítica del pasado, de esa infancia”. “Desde luego Palencia está ahí como un personaje dentro del libro, y me siento muy identificado con esa recreación en el paisaje de la infancia y de la adolescencia como un elemento dramático y sugestivo”, añade.
Según relata Ortega, le pidió a Merino que fuera él quien presentase su libro porque confiaba que le gustara por dos razones: “Primero porque él también tiene un libro de memorias infantiles que me parece maravilloso, de lo mejor que he leído (Intramuros, Los Libros de la Candamia). Aunque él es diez años mayor que yo, aparecen las mismas experiencias o los libros que leíamos. En segundo lugar resulta que Merino también es poeta. Tiene muchos libros de poemas, y comenzó escribiendo poesía, y eso se nota en su obra, que contiene tiene un elemento poético grande, y es lo que también he querido que no desapareciera de la mía”.
César COMBARROS | Ical

