Fernando Ángel Moreno

Hélice



la-realidad-oculta--cuentos-fantásticos-españoles-del-siglo-xx-(antología)

Col. Reloj de Arena
978-84-96675-15-5
304 páginas
14x21 cm.
16,50 euros
Referencias:  1  2  
Para muchos no será preciso hablar de David Roas –escritor y profesor de Teoría de la Literatura–, responsable junto a Ana Casas de esta antología. De todos modos, para los que no se hayan introducido aún en el campo de la teoría de la literatura fantástica, me permitiré unas palabras de presentación. Durante muchos años sufrimos de una escasa bibliografía sobre teoría de la literatura fantástica. Entonces llegó Tzvetan Todorov, con un libro mítico —Introducción a la literatura fantástica— y lo lió todo. En este libro, el reciente Premio Príncipe de Asturias dividía los géneros «no miméticos» (horroroso y falaz apelativo que cambiaremos algún día) en diferentes subgéneros, entre ellos el fantástico. Sin embargo, Todorov —poco avezado lector del género, como él mismo reconocía en las páginas iniciales— limitaba la «literatura fantástica» a aquellos relatos donde se introducía una duda en el lector acerca de lo que sus sentidos le comunicaban respecto a un determinado hecho. Es decir, si se ponía en claro que se trataba todo de un sueño, teníamos literatura realista; si estaba claro que todo era mágico, nos encontrábamos a lo que ya se ha quedado como «literatura maravillosa». Sólo los relatos sin resolución —según Todorov— pertenecían a la literatura fantástica. Este sinsentido –que chocaba con toda una tradición lectora que empleaba el término «fantástico» para toda aquella literatura «no realista» o «no mimética»– se impuso en numerosos sectores del mundo académico, aunque la cuestión en particular de «la duda» fuera criticada hasta la extenuación. Es decir, a partir de Todorov no se piensa que sea la duda lo que caracteriza un texto fantástico aunque, a partir de las correcciones a Todorov, sí se ha planteado –en gran parte del mundo académico– que «literatura fantástica» es aquélla que muestra una imposibilidad: una paradoja que nuestros métodos de conocimiento no aciertan a resolver y que nos provoca el horror al revelarnos cuestiones de la realidad que no contemplábamos. De este modo, tomando los ejemplos más «populares», se diferencian Cortázar, Borges, algún relato de Poe, casi todo Stephen King, Barker... (literatura fantástica) de la de Espada y brujería, el realismo mágico y los cuentos de hadas, que entrarían dentro de la «literatura maravillosa», puesto que en estos subgéneros los personajes no ven extraña la presencia de cuestiones sobrenaturales. Un buen resumen de esta concepción de los géneros se encuentra en las primeras páginas del prólogo a esta antología. La rama de estudios que defiende esta idea de la literatura fantástica ha ido enriqueciéndose con los años y ha derivado en una interesantísima bibliografía con hallazgos extraordinarios y grandes nombres críticos y teóricos de profesores universitarios como Rosalba Campra, Susana Reisz, Neus Rotger y los también escritores Elia Barceló (por citar a alguien bien conocida por los lectores de Hélice) o David Roas, entre muchos otros. De entre todos ellos debo reconocer en particular mi fascinación por el trabajo de Rosalba Campra especialmente (toda una llamada a la sensatez y al amor por la literatura), pero siempre defenderé las conclusiones y el buen juicio del profesor Roas. Precisamente, para conocer esta línea de investigación recomiendo encarecidamente su antología de artículos: Teorías de lo fantástico, donde podemos leer a muchos de estos teóricos, incluidas las profesoras Campra y Reisz. Las mayores aportaciones de David Roas a la cuestión, a mi juicio, son el haber conseguido una completa unificación de las teorías existentes bajo un sistema coherente y práctico para el teórico y para el crítico, el haber centrado la cuestión en el efecto sobre el lector (un horror particular, propio de este subgénero) y en haber conseguido establecer una coherente vinculación entre ficción y realidad, sin renunciar a los postulados postmodernos. Hasta aquí, la historia de la teoría. No obstante, David Roas no se quedó allí. Desde hace años, realiza un trabajo de investigación y recuperación de la literatura fantástica española. Fruto de ese trabajo es la presente antología, cuya importancia histórica es mucho más relevante de lo que podría parecer y que no dudo que hubiera sido mucho más reconocida aún si hubiese aparecido en una de las colecciones tradicionales filológico-literarias españolas. No sólo importa por la calidad de los textos, en muchos de ellos innegable, sino también por las consecuencias sociales, políticas y culturales que demuestra su existencia y la existencia de los textos recogidos. Por consiguiente, tan importante como los propios relatos es el prólogo de los editores. Y debo aquí hablar también de la importante presencia de Ana Casas en esta edición: una especialista en literatura realista española del siglo XX, especialmente de lo que se ha llamado de muchos modos que resumiré como «novela social». Historiadora de la literatura, la profesora Casas conoce bien la situación literaria de los años del franquismo y su manera de acercarse a estos textos queda patente en la pulcritud de los ejemplos y en la información y las reflexiones presentadas en el prólogo. Y he hablado hasta ahora muy poco del texto del libro, pero sí mucho de las circunstancias que lo rodean. Porque esta antología es un documento. Es importantísimo resaltar este hecho. Pues, mientras en muchos países occidentales la literatura fantástica —aunque marginada— se publicaba sin problemas y muchos escritores la defendían y aparece en los manuales, en España fue censurada y evitada como la peste, tanto por la política oficial como por editores y por muchos lectores. Existía la idea (a menudo acertada) de que no se podía editar literatura fantástica. No se podía ni siquiera defender la literatura fantástica en los libros de texto, en los manuales... pues si seguías la política ofi cial no eran posibles más explicaciones sobrenaturales que las de la mitología cristiana (en esa época oscura, ominosa, inquietante... se denominaban «Evangelios»); y si seguías la política contraria, había que denunciar de modo realista la situación del obrero y del intelectual marginado. No obstante, la literatura fantástica —en contra de lo que se nos ha querido vender— existía, se leía, entusiasmaba y, sin embargo, nuestros historiadores de la literatura la han ocultado, la han excluido a menudo de sus manuales y han hablado falsamente de la «tradición realista española». El prólogo es, por consiguiente, valiosísimo ante todo por dar cuenta de esta realidad. El alarde de erudición de Roas y Casas sirve para construir una historia alternativa —o paralela— de la literatura española, al contemplar cómo cada época, cada movimiento ha tenido «su fantástico», su manera propia de contemplar el género. En este sentido, el análisis es certero, con apenas unas precisiones para cada movimiento que de por sí dan perfecta cuenta de la situación y de la riqueza de sus textos. Su organización permite no sólo profundizar, con una utilísima bibliografía, en quiénes han escrito literatura fantástica en España, sino también conocer los momentos de entrada de las influencias internacionales, así como los ecos producidos. Se debe criticar, eso sí, que puede apreciarse alguna inexactitud, como relacionar con el género fantástico obras cuya base es la ciencia ficción: Cuatro corazones con freno y marcha atrás, de Jardiel Poncela, o La bomba increíble, de Pedro Salinas. En particular, el elemento fantástico de la novela de Salinas no tiene sentido sin la sociedad de ciencia ficción en la que se inserta. Por cierto, dedican los prologuistas una página a la literatura de ciencia ficción, con algunos escasos ejemplos de los años sesenta y ninguno de la verdadera edad de oro de la ciencia ficción española en los noventa. Se olvida del fenómeno social de los bolsilibros en los sesenta y setenta, así como de los antecedentes de finales del siglo XIX y principios del XX. En definitiva, no se comprende la inclusión de este género en una antología de literatura fantástica de manera tan sesgada e imprecisa. Al final, queda una vaga idea de «entonces, ¿esto es o no es y, si no es, por qué está y está todo?». Sin embargo, se agradece el esfuerzo por incluir todo ejemplo «no realista». El sugestivo título —La realidad oculta–, al fin y al cabo, no sólo hace referencia a las características del subgénero, sino también a la verdadera realidad española que se escondía bajo la censura cultural: la necesidad de literatura fantástica y el amor por ella. Por consiguiente, de por sí debería valorarse la necesidad de esta antología aunque sólo fuera por su valor testimonial. Pero al final de lo que debe hablarse es de literatura y ¿qué literatura tenemos entre manos? Pues como en toda antología —y mucho más en una tan heterogénea como ésta— no existe una considerable regularidad entre los textos. Al fin y al cabo, ni siquiera podemos hablar de un tema común ni de unas inquietudes comunes ni de un mismo movimiento literario. Se trata de una antología diacrónica, que muestra una presencia del género en diversas épocas. Esto le otorga una curiosa pátina al libro, pues uno de los regalos para el lector es la posibilidad de contemplar la evolución de la forma de escribir fantástico. La calidad, sin embargo, como es lógico, no tiene que ver con las épocas. Cabría esperar quizá que la complejidad literaria de la postmodernidad hubiera otorgado más niveles de significación a los cuentos fantásticos y, por tanto, hubiera subido la calidad de los textos. No ha sido así. La (aparente) simplicidad de algunos ejemplos —en diversas épocas— aporta una economía narrativa y de planteamientos envidiable, como en el caso de “El avión en paz”, de García Pavón, cuya idea podría haber firmado el mismísimo Ballard, pero cuya realización tierna y poética se asemeja más a la de Bradbury. Es uno de los muchos ejemplos del libro de cuento más allá de cualquier época, que será tan universal dentro de veinte años como lo fue en el momento de su publicación. Quizá algunos lectores choquen con una de las cuestiones que más afecten a la antología: la excesiva simplicidad de algunos ejemplos, que notará quien se acerque en busca de lo que escriben hoy en día incluso jóvenes talentos como Santiago Eximeno, Marc R. Soto o Juan Díaz Olmedo. Quiero decir que la simpleza del juego fantástico en alguno de los relatos —de escasa originalidad y acabado correcto, pero sin demasiadas innovaciones ni momentos de gran alcance poético— puede parecer demasiado sencilla a quien haya degustado durante años las delicatessen de Ballard, Cortázar, Poe, Hoffmann, Kafka, Borges, Quiroga, Barker, Bloch, Machen, King, Lovecraft, Campbell, Maupassant o Matheson, por citar algunos de los más conocidos representantes de la literatura fantástica. Lo observamos por ejemplo en la burda manera de afrontar el fantástico en el cuento de Unamuno (no se encuentra entre lo mejor de su producción, vaya) o en la magnífica idea del relato de Luis García Jambrina que, sin embargo, se acelera, queda sin desarrollar y termina con un final abierto que podría haber sido sencillamente el inicio de una agobiante novela. Aun así, vale la pena leerlo, al menos por lo inaudito del planteamiento y lo irónico y cuidado de su presentación. En cuanto al relato de Javier Marías, tan bien escrito como cabría esperar... Reconozco estar bastante, bastante cansado del eterno y siempre idéntico tema del doble, lo cual me lleva a no ser objetivo con este cuento que me parece muy semejante a otros cuantos miles ya he leído sobre el tipo que se encuentra a otro idéntico a él. Me quedo antes con la actitud del protagonista de “El doble”, de Segundo Serrano Poncela; en mi opinión, más psicológico y trabajado. Por esto me parecía muy importante señalar ante todo que a la irregular calidad literaria de la antología debe unirse la calidad histórica literaria. Sin embargo, no se trata en absoluto de igualar a estos grandes maestros citados, sino de disfrutar un buen rato del buen hacer de diversos escritores españoles que también pusieron su granito de arena. Pues así explicado, puedes pensar, amable lector, que intento venderte una antología para colección, para meter en la estantería y citar de vez en cuando con aire sapiencial. Nada más lejos de la realidad. Tienes ante ti la posibilidad de disfrutar de excelentes relatos como el ya apuntado (“El avión en paz”) o como los de Rosa Chacel y José María Merino, entre otros. El cuento de Chacel, “Fueron testigos”, recoge todos los principios enunciados por los teóricos del fantástico, pero ante todo —lo más importante— saca todo el partido posible a una situación inicial aterradora, sin renunciar al análisis social y los diferentes niveles de interpretación. El cuento de José María Merino es una pequeña obra maestra, que toma una idea postmoderna y la convierte en literatura: la relación entre el lenguaje y el mundo, sin despreciar una narración fluida, perfectamente ensamblada y desarrollada hasta el límite, propia sólo de la narrativa económica y directa de un Fredric Brown. Sólo por este relato ya valdría la pena sumergirse en la antología. Aparte de estos ejemplos, tenemos una joyita rescatada: “La casa de la cruz”, de Emilio Carrere, con una estructura de relato dentro del relato que recuerda a la de Manuscrito encontrado en Zaragoza, con el que guarda algunas otras similitudes de tono y toda una tradición fantástica. La crudeza de este cuento y su dimensión demoníaca merecen tenerlo en cuenta y no dejar de citarlo cuando se trabaje sobre el género. Su atmósfera y la evolución de sus personajes están entre los más conseguidos de la antología. En definitiva, nos encontramos ante una antología imprescindible para cualquier estudioso de la literatura española en general y de la fantástica en particular. Ignorar esta realidad significará, a partir de ahora, mentir en cuanto al gusto literario a lo largo de la historia de España. Disponemos también de una antología plagada de nombres ilustres; aprovecho para citar aquí todos los autores: Pío Baroja, Ramón del Valle-Inclán, Miguel de Unamuno, Miguel Sawa, Emilio Carrere, Eduardo Zamacois, Rosa Chacel, Alonso Zamora Vicente, Max Aub, Luis Romero, Alfonso Sastre, Segundo Serrano Poncela, Juan José Plans, Francisco García Pavón, Juan Benet, Ricardo Doménech, José Ferrer-Bermejo, Cristina Fernández Cubas, Javier Marías, Pedro Zarraluki, José María Merino, Juan Eduardo Zúñiga, Juan José Millás, Carlos Castán y Luis García Jambrina. Como lista, no cabe duda de que impresiona. Pero, desde luego amable lector, puedes pasar un buen rato con esta antología, iniciarte —si aún no lo has hecho— en la literatura fantástica española y disfrutar tanto de la evolución del género en España década tras década como con algunos extraordinarios relatos sobre la realidad oculta. © Fernando Ángel Moreno l Hélice
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